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La muerte de un niño

Devastador cuando ocurre, termina con todo y con todos, pero quizás aquello que ellos mismos nos han podido contar nos pueda ayudar a comprender y avanzar hacia la paz interior, algo imposible de imaginar, pero alcanzable con su ayuda.

Alguien que trató con niños en estado terminal durante muchos años, cómo la Dra. Elisabeth Kübler-Ross, nos ha legado en sus libros la experiencia de centenares de ellos que, al ser recuperados de una muerte súbita, contaron lo vivido en aquellos momentos. No es la única autora que nos habla de ello, pero quizás si la más respetada y significativa. En su libro “Los niños y la muerte” nos relata lo siguiente y merece la pena pensar en ello con mucha seriedad, dado que no estamos hablando de especulaciones de ningún tipo, sino de hechos reales:

Permitidme compartir algunas de mis experiencias con vosotros. Los que han vivido cosas parecidas relacionadas con la muerte de un niño, se pueden consolar sabiendo que no están solos ni están locos. De hecho, he estudiado cientos de casos de pacientes de todo el mundo que han tenido experiencias extra-corporales o cercanas a la muerte, similares a las que describe Raymond Moody en su libro Life After Life, para el que escribí el prólogo.

Muchas de esas personas no estaban enfermas antes de la prueba que pasaron. De golpe tuvieron un ataque cardíaco o un accidente inesperado, por lo que es improbable que las experiencias que compartieron fuesen proyecciones de deseos, como sostienen algunos. El denominador común de esas experiencias extra-corporales es que esas personas eran totalmente conscientes de dejar su cuerpo físico.

Sintieron una ráfaga de viento y se encontraron en las proximidades del lugar donde se hallaba su cuerpo, gravemente afectado: el lugar de un accidente, la sala de urgencias o el quirófano de un hospital, en su cama, o incluso en su lugar de trabajo. No sentían dolor ni ansiedad. Describen la escena del accidente con los más mínimos detalles, incluyendo la llegada de personas que trataban de sacarlos de un coche o intentaban apagar un fuego, y la llegada de una ambulancia. Incluso precisan el número de sopletes que se utilizaron para sacar su maltrecho cuerpo del coche destrozado.

Muchas veces describen los desesperados esfuerzos que hizo el equipo médico durante la resucitación para que volviesen en sí, y sus propios intentos para dar a entender que estaban realmente bien y que los equipos de urgencia dejaran de esforzarse. En ese momento se daban cuenta de que podían percibirlo todo, pero que los demás no los oían ni los percibían.

Otra cosa que comparten los que han pasado por esas experiencias es que advertían que volvían a estar enteros: los que tenían las piernas amputadas volvían a tenerlas completas, los que iban en silla de ruedas podían bailar y moverse sin esfuerzo, y los ciegos podían ver.

Como es natural, comprobamos esos hechos haciendo pruebas con pacientes ciegos que desde hacía años no percibían la más mínima luz. Para nuestro asombro, fueron capaces de describir el color y el tipo de ropa y de accesorios de los presentes. Ningún científico podría decir que eso es una proyección. Cuando les preguntamos cómo habían podido ver, respondieron en estos términos: «Es como cuando sueñas: tienes los ojos cerrados y ves».

El tercer hecho que comparten es que perciben la presencia de seres queridos, entre los que nunca faltan parientes que los han precedido en la muerte. Siempre hay una adorada abuela esperando a una niña pequeña, o un tío especial que murió diez meses antes, o un compañero de clase que murió de un disparo accidental casi dos años antes de la grave enfermedad de su amigo.

¿Cómo puede un crítico y escéptico investigador saber si esas percepciones son reales? Nos dedicamos a recoger datos de personas que, sin saber que había muerto un ser querido, compartieron la presencia de esa persona cuando ellos mismos estaban, como suelen decir, en «la puerta sin retorno».

Una niña que casi falleció durante su crítica operación de corazón le contó a su padre que se había encontrado con un hermano con el que se sentía muy a gusto; era como si se hubiesen conocido y hubiesen compartido toda la vida. Pero no había tenido nunca un hermano. Su padre, terriblemente emocionado por el relato de su hija, le confesó que sí, que ella había tenido un hermano, pero que murió antes de que ella naciera.

Recuerdo los primeros días de mi trabajo con pacientes moribundos en un hospital universitario, donde también había prometido no explicarles que tenían una enfermedad terminal. Era fácil mantener esa promesa, ya que los pacientes me lo solían decir a mí.

Poco antes de morir, un niño acostumbra tener lo que llamo un «momento de claridad». Los que están en coma desde que sufrieron un accidente o una operación abren los ojos y parecen muy coherentes. Los que han padecido muchas molestias están tranquilos y en paz. Entonces les pregunto si quieren compartir conmigo lo que están experimentando.

—Sí. Todo va bien. Mamá y Peter ya me están esperando —me respondió un niño y, con una pequeña sonrisa de satisfacción, volvió a sumirse en estado de coma e hizo la transición que denominamos muerte.

Yo sabía que en el lugar del accidente había muerto su madre, pero Peter había quedado con vida. El coche se incendió antes de que pudiesen sacarlo y luego lo trasladaron, con graves quemaduras, a la unidad de quemados de otro hospital. Puesto que sólo recogía datos, escuché la información del niño y decidí preguntar por Peter. No hizo falta, porque al pasar por la enfermería me estaban llamando del otro hospital para informarme que Peter había muerto hacía unos minutos.

A lo largo de todos estos años en que he recogido datos, desde California a Sidney, entre niños blancos y negros, entre jóvenes de sociedades primitivas, esquimales, sudamericanos y libios, todos los que mencionaban a una persona que los esperaba, hablaban de alguien que había muerto antes que ellos, aunque sólo fuese unos momentos. Y no se les había informado en ningún momento del reciente óbito de los parientes.

¿Coincidencia? Ahora ningún científico ni estadístico me convencería de que esto ocurre, como dicen algunos colegas, como «resultado de la falta de oxígeno» o por otras causas «racionales y científicas.»

Se trata exclusivamente de un pequeño trazo acerca de lo mucho que hoy ya sabemos sobre el proceso del morir. Una luz brillante como nunca antes hemos conocido, impregnada de una sensación de amor indescriptible, un profundo sentimiento de “encontrarnos en casa”, no sufrir por los que quedan pues entendemos el verdadero significado de la palabra “vida”, y tantas y tantas cosas más que, a veces, el vernos obligados a hacer frente a esta situación tan rompedora y necesitar respuestas que puedan volver a dar sentido a nuestras vidas, termina por ser lo más parecido a una bendición.